Historias humildes de un joven vanidoso


Intento de ser escritor #1

Mi primer acercamiento al mundo del periodismo arequipeño

Fue un día soleado cuando decidí aventurarme hacia la universidad. Los minutos pasaron lentamente y no había ninguna emoción. Empezó la clase de Coaching; me aburrí; terminó la clase de Coaching. Comenzó la clase de Fundamentos del Periodismo; me ilusionó; culminó la clase de Fundamentos. Sinceramente no vi nada emocionante hasta que llegó la hora de irse, como suelo hacerlo todos los días, a casa. Aquel momento jamás lo olvidaré. Por cosas del destino se dio la oportunidad de conseguir un puesto de prácticas en una radio muy conocida y de antaño de mi ciudad. Entusiasmado y en compañía de cuatro amigos nos acercamos a su local. Esperamos afuera unos cuantos minutos, mientras nerviosos, y algo dudosos, imaginábamos lo que hallaríamos allí adentro, en ese local viejo pero histórico. Llamamos a nuestro único contacto que teníamos con esa emisora, y nos indicó que aguantemos unos cinco minutos que ya salen los entrevistados. Esperamos y al final entramos. Ya en el interior del mustio recinto, nos dimos con la sorpresa que no era como nos lo imaginábamos. Bueno, yo lo idealizaba como las grandes emisoras de Estados Unidos; o sea, cuartos grandes, paredes brillantes por la calidad de la pintura, asientos cómodos, una cabina de locución perfectamente construida y profesional, y una hermosa señorita en la entrada. Nada de eso fue real. Fue quizás todo lo contrario: paredes viejitas –en diminutivo para que suene más bonito-, escasos asientos, una sala de espera muy angosta, una sala de locución que parecía haber aguantado una guerra civil, y una señora que no parecía señorita. Pero teníamos las ganas. Aunque algo debilitadas por la sorpresa que nos dimos. Nuestro contacto bajó del segundo piso. Fue allí cuando lo conocimos personalmente –digo contacto porque, gracias a un buen profesor, pudimos comunicarnos con él por llamada y lograr pactar el encuentro-. El tipo era un señor de al parecer una edad mayor a los cuarenta años, tenía un bigote característico y una piel algo quemada, quizás por el trajín de ser periodista. Estrechamos nuestras manos. Nos comportamos como buenos niños, y hasta se podría decir que adoptamos una actitud zalamera. Era obvio: queríamos conseguir el puesto de practicante de cualquier forma. Nos comportamos gentiles. El caballero nos invitó a tomar asiento en un cuarto, y nos pusimos a charlar. Empezó a contarnos sobre la historia de la radio en Arequipa, de las barreras políticas, económicas y culturales que tuvieron que afrontar para que la radio no desapareciera, entre otros temas que no logré captar, debido al sueño que me envolvía imprudentemente. Estuvimos hablando de esos temas por más de una hora. La charla fue tan motivacional que uno de mis amigos decidió dormirse para escuchar mejor. Ojalá el tipo hubiese sido más interesante: así como mi profesor de Historia de la academia, que hacía vivir las escenas en mi cabeza sin que yo se lo pidiese –todo un hipnótico el tipo-. La paciencia se nos acababa. Queríamos hablar sobre las practicas pre – profesionales, ese era el motivo principal por el cual venimos desde tan lejos. Entonces, cuando apenas dio una pausa para tomar aire, interrumpimos con un: disculpe, señor, quisiéramos saber sobre las prácticas pre – profesionales en la radio. El contacto soltó un suspiro nervioso y nos mencionó que sí, en efecto, hace tiempo permitían a estudiantes de último ciclo de la escuela de Periodismo hacer prácticas en la emisora. Pero, por cosas de la vida, decidieron prohibirlo; debido a que había una entidad estatal que exhortaba a la compañía radial pagar un monto de dinero a los practicantes. Y ellos no tenían plata para hacerlo. Vaya que nos quedamos sorprendidos. Bueno, la plata era lo de menos, queríamos practicar. Otra vez le interrumpimos diciendo: Disculpe, otra vez, pero el dinero no es importante. Nosotros queremos aprender. El señor nos miró, y otra vez soltó una risita nerviosa, y nos dio otra excusa: si la entidad estatal se llegase a enterar que hay practicantes en la radio a los que no se les pagan; recibiremos una multa innecesaria  que debemos evitar. Una sensación de derrota pasó por nuestra cabeza y por nuestros pies. Entendimos perfectamente el mensaje: no pueden practicar en la radio. Desafortunados, tristes y desganados, salimos del cuarto y nos dirigimos lentamente hacia la puerta de salida con la intención de que quizás se arrepintiese por lo que nos dijo, y nos asegurara un puesto en la histórica y algo maltratada radio de nuestra ciudad. Pero no pasó nada de nada. Llegamos a la salida y cuando ya nos íbamos a despedir del contacto, un señor –bueno, esta vez un joven- descendió del segundo piso para darnos la mejor noticia del día –quizás de la semana-. Pero no fue así de simple. Primero, el señor (contacto) le había comentado sobre nuestra visita en la radio: estos chicos quieren hacer prácticas ¿Tendrás algo? Inmediatamente el joven, sin dudarlo, nos invitó a realizar prácticas en su medio digital. Sorprendidos, con la esperanza ya de vuelta, y con un entusiasmo reconfortante, le respondimos con un: sí. Me sentí bendecido y con ganas de querer abrazarlo y decirle lo mucho que lo quería. Lo vi como aquel milagro que tanto esperé cuando nos dirigíamos a la salida del local. Al término de ese casual encuentro afortunado; nos pidió nuestros números telefónicos y nuestros nombres. Obviamente se lo dimos; pero guardamos la cordura del caso. Queríamos que nos viera como unos profesionales – estudiantes – serios, con los que no tendrá problema alguno. Quedamos en comunicarnos en estos días y nos despedimos con un apretón de manos que le decían: gracias, gracias, muchas gracias por aparecer.

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